Me atraen los objetos brillosos

Hace un tiempo me topé con esta plática Ted Talk en donde hablan del silencio como commodity. Debo reconocer que desde entonces me he obsesionado con la idea de tratar -en medida de lo posible- de alejarme de los ruidos. ¿Qué hace que un sonido sea ruido? El no desearlo.

Tengo un eyeroll masivo reservado para la gente que estando en un espacio público usa su celular a todo volumen para abrir videos o escuchar conversaciones destinadas solo a ellos. Esto incluye a mis familiares, sobre todo a mis familiares. ¡La confianza puede llegar a volverse una cosa horrenda!

Tengo un gran respeto para todos aquellos que usan audífonos y salen de oficinas, restaurantes o habitaciones para tomar llamadas o escuchar voice notes y no romper la armonía del espacio. ¡El respeto es una cosa valiosísima!

Esta onda medio TOC no nada más llegó ahí, este puntillismo después lo trasladé a lo visual. Un día me di cuenta lo mucho que me picaba ver las botellas de shampoo a medio terminar de un montón de colores en mi regadera. Imágenes “ruidosas”, o no deseadas. Esa misma tarde compré un set para baño, vacié esas botellas y sin exagerar puedo afirmar que esto le dio todo un feel diferente al espacio. También esta pequeña acción y sus consecuencias es un recordatorio personal de todas las mañanas sobre la posibilidad de que uno fije la intención de lo que quiere ver, escuchar y hasta sentir. En este 2020 hice un upgrade y no sólo me deshice de las etiquetas disonantes de mis bótica personal si no que las rotule con este artilugio. El dinero mejor gastado.

Este fenómeno de dirigir lo que quiero ver y sentir se replica cada que compro vino. ¡No me puedo resistir a una etiqueta bonita o con un nombre que intrigue! Aunque se que puede ser un poquito irreflexivo, es un riesgo que me encanta tomar. Quizás es mi yo millenial. En la encuesta 2015 Gallo Wine Trend Survey , se encontró que esta generación es 4 veces más probable que compre una botella de vino basada en la etiqueta en comparación con los Baby Boomers. Los millenials quieren (o mejor dicho queremos) personalidad y decir algo.  

Cada etiqueta nos pone en un mood muy particular. Y si bien se puede tildar a alguien que escoge un vino por la etiqueta como algo muy de aficionados creo que es importante celebrar el hecho de que la etiqueta puede ser parte de la experiencia. No toda etiqueta que es color crema, escrita en cursivas y tiene un castillo va a ser buena. No toda etiqueta que tenga frases provocadoras va a ser mala (y al menos nos queda como decoración si es que de plano tuvimos muy mala mano ojo).

Hace un par de años visité el Valle de Guadalupe en un año por decir lo menos confuso para mí. Recuerdo recorrer una pequeña vinícola y que el encargado nos contara la historia de la etiqueta Amor Bonito, basada en una canción de José Alfredo Jímenez. Ese amor de banca de parque cualquier domingo platicando del todo y de la nada. Del tiempo sin tiempo. Del sentir lo que el otro siente. Compré una botella que sabía perfectamente con quien, cuando y bajo que circunstancias me la tomaría. Solo diré que el Amor Bonito no decepcionó a ninguno (ni en ninguno) de los (mis) sentidos.